
Sí, me la he pegado y bien fuerte. Hace dos semanas me di cuenta de que todas mis previsiones y mi planning tan bien calculado se me habían torcido: van tan lentos que seguramente me examine después de Navidad. Y yo, en lugar de alegrarme de tener dos semanas más, que nunca vienen mal y cuando llega el día siempre son necesarias (si tuviera una semana más llevaría todos los temas perfectos... ya, ya) no sé cómo ni por qué pero me he deprimido. Tal cual. Vale, la palabra deprimirse quizá sea un poco fuerte, pero me ha dado tal bajón que de repente he sido incapaz de estudiar dos temas seguidos sin soltar la lagrimilla.
La presión del examen y el planning tan milimétrico me hacían estudiar y estudiar sin preocuparme de nada más y en el momento en que me han concedido el tiempo de pensar la he cagado: de repente me han entrado todos los males y todo ese cansancio que debía llevar acumulado (pues hace tiempo que no me cojo un día entero libre) se me ha echado encima con alevosía y me ha dado el chungo.
Conócese como chungo opositoril el estado en que se halla el opositor que ni deja de estudiar ni estudia, ni pasa la página ni se la aprende, que mira el reloj y de repente es la hora de cenar y no ha avanzado ni la mitad de los temas que debía y entonces se plantea hacerlos más tarde, pero llega el más tarde y está cansado por lo que los deja para el madrugón mañanero, pero cuando amanece no puede más que apagar el despertador porque está agotado, por mucho que duerma, no quiere levantarse porque la presión empuja demasiado. ¿Y dónde suele acabar? En el pozo opositoril, también conocido por todos salvo por cuatro iluminados que llegan a meta sin un solo tropiezo.
Pero ahí estaba hoy mi prepa salvador, que en lugar de apiadarse de mí y consolarme me ha dado un par de hostias, metafóricamente hablando claro, bien dadas, de las que resuenan y te dejan la cara marcada, de las que te hacen tener ganas de llorar pero esta vez de rabia, de las que te espabilan o te acaban de hundir en la miseria. Y yo, que otra cosa no, pero obstinada con la opo lo soy un rato, ante la disyuntiva de seguir compadeciéndome de mí misma o coger el toro por los cuernos, opto por la segunda vía que total, es el camino que hubiera cogido de aqui un par de semanas yo solita, como hago siempre, que pese a los baches y desvíos vuelvo a la senda, pero bueno, dos semanas de lloriqueos y mea culpa que me he (y os he) ahorrado. Bendito prepa.
Dos semanitas en las que tengo que recuperar el tiempo desaprovechado, medio mes en el que tengo que olvidarme de pensar, que está muy bien para los poetas y para los filósofos, pero que para el opositor a quien se le acerca el examen es peor que una reforma improvisada de temario. Nosotros somos nuestros peores enemigos, ni el Tribunal (y menos este año que están deseando aprobar y cubrir plazas de ahí la lentitud) ni el mundo circundante, sólo nosotros y nuestra mente traicionera que en cuanto la dejamos volar un rato se abstrae de esta rutina tan tediosa, sin tener la inteligencia de ver que la forma más rápida de olvidarse de la oposición es aprobarla y para eso no hay más secreto que estudiar, estudiar, estudiar, y... ¡estudiar! Nada más.
Hoy me he hecho un nuevo planning, me he comprado vitaminas y me he preparado los temas para, ahora sí, estudiármelos sin tener que pensar ni en cuál es el siguiente.